June 26, 2013

Últimamente me obsesiona esta idea: Hay momentos que son completamente olvidados, que se pierden para siempre porque nadie los recuerda. Son momentos sobre los cuales nadie hablará, escribirá, cantará, pintará o bailará. Son momentos que dejaron de existir, que no están en ningún lado, aunque en algún lado estuvieron.

El caso más claro involucra a dos personas, las que sean: Algún señor atendiendo alguna farmacia, quizá un conductor de microbús, o ese peatón que tan indiferente como yo que se cruzó conmigo y me vio, nos vimos, y nos olvidamos en el instante que tan cotidiano y por tanto harto aburrido fue fácil desechar, completely disposable. ¡Paf!, tan rápido como ocurrió el suceso fue olvidado y desapareció, qué remedio.

La idea es engañosa y lo tienta a uno a buscar dentro de los propios recuerdos un ejemplo claro de dicha situación. Me tardé en comprender que lo único que hallaría serían ejemplos parcialmente opuestos (como me gusta llamarlos): Encuentros casuales y perfectamente irrelevantes que por alguna razón sobreviven al olvido y se quedan pegados a la memoria como chicles masticados, o mocos de esos pegajosos: No importa si la señora del metro de hace dos meses, tan gris y plana ella, se acuerda de mí: Yo la recuerdo, y el momento (o sus remanentes unilaterales, si hay que ponerse estricto) sobreviven en algún sentido metafísico (y fenomenológico, qué diablos). Pero de los otros, de los que se van, no puede haber pista alguna por definición, porque de eso se trata, porque ahí está el truco y porque eso los hace atractivos e interesantes: 1) Sé que olvido cosas, 2) sé que los demás olvidan cosas, 3) es probable que algún momento (de tantos) haya sido olvidado por todos sus protagonistas y testigos, 4) (sobre todo si nomás fueron dos), 5) por lo tanto, de tantos momentos es casi seguro que al menos uno ya no se encuentre ni en mis recuerdos ni en los ajenos, y 6) no hay nada que yo ni nadie pueda hacer para rescatarlo.

Seguramente pasa todo el tiempo: Sé que olvido gran parte del día y no creo ser particularmente privilegiado en mis dotes antimemorísticos... pero sé que gran parte de lo que olvido del día es la parte trivial. Lo realmente relevante se queda por ahí, quién sabe dónde pero por ahí se queda. (Sólo) Con esto en mente es difícil entender por qué un descubrimiento tan simple (y obvio en retrospectiva) causa tal sensación como para hacerme escribir (a mí, caray) la palabra esa 'obsesión'. La razón es que cuando uno cae en cuenta de que 7) no puedo controlar qué olvido y qué no, no hay manera de saber si alguno (o cuántos, o cuáles) de los momentos importantes han abandonado para siempre esta cosa de existencia.

Pienso en las noches de cama, sudor y pelos, y en lo que pasa después: En esas pláticas encueradas en las que es difícil ocultar cualquier cosa. Siempre me ha gustado pensar que no hay mejor manera ni momento para conocer a alguien, con todo y lo estúpido que suena la analogía esa de la desnudez.
¿Cuánto de ello no existe más? ¿Cuántos detalles se han borrado para siempre sin apenas notarlo? ¿Y quién los recibe del otro lado del espejo (porque tienen que ir a parar en algún lado)? ¿Quién conoce todo eso que se olvida, y qué hace con ello?






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