October 28, 2009
October 25, 2009
Contraindicaciones
Tras un periodo de uso prolongado, cierto sopor termina dueño de gran parte de la vigilia, y en casos de uso crónico incluso llega a presentarse un cosquilleo general en el cuero cabelludo que probablemente viene de dentro y que correlaciona positivamente con la intensidad del letargo.
Se recomienda abstenerse en caso de considerar que se posee una débil y casi nula fuerza de voluntad: las ensoñaciones que provoca algunas veces incluyen sirenas cantoras cuyas rimas ostentan niveles de tentación excepcionales que pocas oportunidades dejan para aquellas mentes débiles que terminan cegadas y completamente locas, licuadas, por sus cantos infernales.
Úsese diariamente sólo en caso de no contar con recuerdos valiosos, pues bastan algunos días de empleo continuo para bloquear el acceso voluntario a la mayoría de ellos, y en algunos casos tal bloqueo puede adquirir carácter permanente.
Despídase de los seres queridos, indiferentes, e incluso de los odiados, si planea usar de manera cotidiana; después de cierto tiempo las personas desaparecen y el mundo se ve poblado únicamente por objetos inertes.
October 23, 2009
Supongo que ser rechazado no resulta agradable para nadie. Para mí tampoco lo es. ¿Existirá algún consuelo eficaz contra el dolor del corazón, algún tipo de cura o cuando menos algún placebo paliativo?
Para mí no funcionan más aquellas sentencias sin sustrato que rápidamente adquieren la forma de tautologías sin sentido: "las cosas pasan por algo", "dale tiempo al tiempo", "no era tu destino"; me he vuelto indemne a sus efectos, el mar de amores ahora es inmune a ellas. Y me alegro por un lado, aún cuando de mantenerse vigentes seguramente hubieran logrado mitigar, aunque sea en pequeña medida, a base de la repetición constante y algunos dirían que gracias a su efecto sedante, la tristeza y amargura que desde hace algunas noches me consumen. No tengo nada contra la gente que las consume; simplemente para mí se ha vuelto más fácil suponer que no hay remedio y dejar de buscarlo, entregarme sin resistencia a las tinieblas del abandono y del olvido y morir de una vez por todas; ¿qué más da? ¿En realidad valdría la pena intentar defender la idea de que la vida valdrá la pena sin caminarla contigo?
Enfrento ahora el dilema (tan conocido y trillado que el simple hecho de reconocerlo como obstáculo debería bastar para suicidarme enteramente asqueado) de qué hacer contigo, o a tu respecto. Todas las estupideces orientadas hacia ti han perdido el sentido, y me siento completamente idiota al recordar cada línea y letra de aquello que llegué a escribirte, cantarte, platicarte o preguntarte. Pero han sido hechas y grabadas en la historia y, supongo, en nuestras memorias; ¿y qué sigue?
¿Acaso tendré las agallas necesarias para cortarte la cabeza y no tener que ver tus ojos ni tu sonrisa nunca más, o terminaré metiendo las manos en los bolsillos mientras tímidamente sonrío como imbécil mejor amigo al tiempo que con el amor y cariño que tanto añoro abrazas y besas a algún novio frente a mi cara cabizbaja, fiel y estúpidamente comprensiva?
¿Por qué habría de tolerar tu decisión como las buenas costumbres indican, como la familia lo sugiere, como los amigos lo proponen? ¿Por qué no habría de gritarte y golpearte públicamente, o al menos sacrificar el pescuezo de un gallo para lanzarte una maldición de por vida? ¿Por qué no habría de odiarte con tanta fuerza como me quepa en las entrañas?
Porque no tengo opción, supongo. Porque, aún cuando me cueste aceptarlo, no puedo emprender ninguna de las acciones contrarias a las preguntas retóricas que recién formulé; quién sabe si por alguna imposibilidad racional, emocional, ética, científica, metafísica... eso qué diablos importa. Porque, a fin de cuentas, lo único que busco preguntando tales cosas es una manera de drenar el coraje y tristeza que siento, de los que ni siquiera me atrevo a señalarte culpable, con los que no sé ni he sabido nunca qué hacer, y que están tan presentes y a flor de piel que seguramente el hedor que el jabón me quita de encima cada mañana tiene su origen en ellos; ¿a qué huele el dolor, el desconsuelo?
¿Qué importa? Te quiero tanto y estoy tan enojado contigo, conmigo y con el mundo, que nada importa gran cosa.
October 22, 2009
Se puede lastimar
"Puedo lastimar". ¿Desde cuándo me volví consciente de tal mierda? ¿Acaso existe idea que entre la idea y la acción interponga cantidad mayor de obstáculos y contratiempos? ¿Cuántas veces no me he detenido yo a causa de esa sensación tan visceral? Comenzando por el temor (que algunos considerarán injustificado, y quizá tengan razón) de lastimarme solo, y pasando por cuanta persona quiero o, cuando menos, alcanza cierto grado de mi estima, se han frustrado los mejores y más malévolos planes en contra del mundo que alguien pudiera haber ideado con tal dedicación y genialidad jamás; se extraviaron en la inmensidad del mar de las memorias olvidadas; hallarlos equivaldría en fortuna a hallar una aguja en un pajar.
¿No sucede que bajo la influencia del temor, de ese temor, ya ahora mismo continúo colocando aquellas barreras que atentan directamente en contra de mis planes macabros?
Terror tan grande nadie ha conocido jamás.
Podría decir que desde que conservo memoria y hasta la fecha, he conocido en batalla a aquel temor infundado que la idea de lastimar a la gente evoca en mis entrañas. ¿Sería exagerado proponer que apenas que decido coger el vaso de diáfana agua para guiarle hasta mi sedienta boca que seca aguarda el vital líquido con ansia agonizante, ya una diminuta pero ponsoñoza parte del temor infundado se ha hecho presente al punto de llevarme a pensar la ingesta de líquido dos veces?
Pero, ¿qué no es el miedo el resultado más preciso y manifiesto que cualquier aparato interpretador de mentes haya obtenido hasta la fecha? ¿No lo son el miedo y la certeza?
October 19, 2009
Durito I
Te voy a platicar una historia que me pasó el otro día. Es la historia de un pequeño escarabajo que usa lentes y fuma pipa. Lo conocí un día que estaba buscando el tabaco para fumar y no lo encontraba. De pronto, a un lado de mi hamaca vi que estaba caído un poco de tabaco y que se formaba una hilerita. La fui siguiendo para ver dónde estaba mi tabaco y averiguar quién carajos lo había agarrado y lo estaba tirando. A unos cuantos metros y detrás de una piedra encontré a un escarabajo sentado en un pequeño escritorio, leyendo unos papeles y fumando en una pipa diminuta.
-Ejem, ejem -dije yo para que el escarabajo se percatara de mi presencia, pero no me hizo caso.
Entonces le dije:
-Oiga, ese tabaco es mío.
El escarabajo se quitó los lentes, me miró de arriba a abajo y me dijo muy enojado:
Por favor, capitán, le suplico que no me interrumpa. ¿Qué no se da cuenta de que estoy estudiando?
Yo me sorprendí un poco y le iba a dar una patada, pero me calmé y me senté a un lado para esperar a que terminara de estudiar. Al poco rato recogió sus papeles, los guardó en el escritorio y, mordisqueando su pipa , me dijo:
-Bueno, ahora sí. ¿En qué puedo servirle, capitán?
-Mi tabaco, le respondí.
-¿Su tabaco? -me dijo-. ¿Quiere que le dé un poco?
Yo me empecé a encabronar, pero el pequeño escarabajo me alcanzó con su patita la bolsa de tabaco y agregó:
-No se enojé, capitán. Comprenda que aquí no se puede conseguir tabaco y tuve que tomar un poco del suyo.
Yo me tranquilicé. El escarabajo me caía bien y le dije:
-No se preocupe. Por ahí tengo más.
-Mmh -contestó.
-Y usted, ¿cómo se llama? -le pregunté.
-Nabucodonosor -dijo, y continuó- pero mis amigos me dicen Durito. Usted puede decirme Durito, capitán.
Yo le agradecí la atención y le pregunté qué era lo que estaba estudiando.
-Estudio sobre el neoliberalismo y su estrategia de dominación para América Latina -me contestó.
-Y eso de qué le sirve a un escarabajo -le pregunté.
Y él me respondió muy enojado: "¿Cómo que de qué? Tengo que saber cuánto tiempo va a durar la lucha de ustedes y si van a ganar o no. Además, un escarabajo debe preocuparse por estudiar la situación del mundo en el que vive, ¿no le parece capitán?"
-No sé -le dije-. Pero ¿para qué quiere saber usted cuánto tiempo va a durar nuestra lucha y si vamos a ganar o no?
-Bueno, no se ha entendido nada -me dijo poniéndose las gafas y encendiendo su pipa. Después de echar una bocanada de humo continuó:
-Para saber cuánto tiempo nos vamos a estar cuidando los escarabajos de que no nos vayan a aplastar con sus bototas.
-¡Ah! -dije.
-Mmh -dijo él.
-¿Y a qué conclusión ha llegado usted en su estudio? -le pregunté.
Él saco sus papeles del escritorio y los empezó a hojear.
-Mmh... mmh -decía a cada rato mientras los revisaba.
Después que acabó de hacerlo, me miró a los ojos y me dijo:
-Van a ganar.
-Eso ya lo sabía -le dije. Y agregué: -Pero ¿cuánto tiempo va a tardar?
-Mucho -me dijo suspirando con resignación.
-Eso también ya lo sabía... ¿No sabe cuánto tiempo exactamente? -pregunté.
-No se puede saber con exactitud. Hay que tomar en cuenta muchas cosas: las condiciones objetivas, la madurez de las condiciones subjetivas, la correlación de fuerzas, la crisis del imperialismo, la crisis del socialismo, etcétera, etcétera.
-Mmh -dije yo.
-¿En qué piensa, capitán?
-En nada -le contesté-. Bueno señor Durito, tengo que retirarme. Tuve mucho gusto en conocerle. Sepa usted que puede tomar todo el tabaco que guste cuando quiera.
-Gracias, capitán. Puedes tutearme si quieres -me dijo.
-Gracias Durito. Ahora voy a dar orden a mis compañeros de que está prohibido pisar a los escarabajos. Espero que eso ayude.
-Gracias, capitán, nos será de mucha utilidad tu orden.
-Como quiera que sea, cuídese mucho porque mis muchachos son muy distraídos y no siempre se fijan dónde ponen el pie.
-Así lo haré, capitán.
-Hasta luego.
-Hasta luego. Ven cuando quieras y platicaremos.
-Así lo haré -dije, y me retiré hacia la intendencia.
Subcomandante Insurgente Marcos
Montañas del Sureste Mexicano
Montañas del Sureste Mexicano
10 de abril de 1994
Fuente
- Subcomandante Insurgente Marcos (2008) En algún lugar de la Selva Lacandona. México: Eón.
October 18, 2009
Puta gente
¿Y si mando a la verga a todos? ¿Si de una vez acepto a la soledad como condición inherente a mi débil y sensible ser? ¿Si detengo aquellos intentos...
¿Será posible establecer relaciones con otros humanos sin esperar nada de ellos? ¿Tendría algún sentido intentarlo?
Entrar en la fortaleza vacía.
Puta vida
Puto amor.
Qué molesto resulta andar perdidamente idiota por J sabiendo que no hay oportunidad, y qué triste es saber que no la hay. Y qué incómodo el no poder cesar el deseo a voluntad para continuar con la vida cotidiana que solía ser mejor antes de metérmela en la cabeza y dentro encerrarla. No puedo ya concentrarme a causa de pensarle horas enteras, no descanso de sus recuerdos pese a que estoy cansado de repasarlos con detalle y encono, y ello...
Maldita sea.
Maldita sea, ¡carajo!
Me tenía que enamorar justo ahora, así tan enamorado, con tan pocas esperanzas, fuerzas y ganas de volcar el mundo para dejarlo a tus pies. ¿Por qué, carajo? ¿Por qué es tan difícil?
Putos amores.
Luego la otra remata con su sorpresiva llamada telefónica. ¿Que por fin lo habías comprendido, chamaquito? No me jodas, que después de colgar apenas te aguantaste las lágrimas pujando pa' dentro con cuanto músculo se puede, y con eso todavía alcanzaron a salir unas dos o tres. ¿Que ya estaba todo superado? ¿Que no habría problema al próximo encuentro? ¿Que la vida seguía maravillosa y motivante? Jaja, te vas a la chingada.
La situación está jodida, puteada, podrida, cagada.
Sufre todo lo que puedas, maldito.
October 17, 2009
J
¿Pero podré volver a verte y resignarme? ¿Cómo lograré vencer el impulso que impele a acercarme? ¿Acaso debería dejar de soñarte? ¿Bastaría parar de imaginarte, intentar olvidarte? O, mejor, ¿tratar simplemente de sobrellevarte hasta que la costumbre te vuelva aburrida y, poco a poco empolvada por el pasar de lo cotidiano, casi irreconocible? ¿Sería eso posible?
A Delicacy / Greg Howe
Esa y también Seemann (no podía faltar). En realidad, hay muchísimas canciones y melodías que bien podría dedicarte, tantas como aquellas que me hacen pensar en ti (y que desde fechas no muy lejanas, se han mostrado extremadamente frecuentes). Supongo que no me atreveré a hacerlo, al menos en un buen y prolongado rato, tan largo como la última esperanza viva resista el paso del tiempo. Ni te dedicaré rolas ni te buscaré en el largo rato. ¿Pero podré? Pero debo intentarlo: salir de la tentación que por ti me mata y que me ha llevado a un callejón sin salida: he terminado enamorándome de ti.
Es triste renunciar a ti, querida J.
October 09, 2009
Psicometría 9.X.09
...this sucks...
On genders' differences... ??
a. lista de puntos himportantes hescuchados hen hésta rehunihón.
-
b. lista de puntos hinteresantes henunciados hen hésta rehunhihón.
-cultura/naturaleza
-lesbianismo como correlación con "pocos intereses en la cocina".
-L: "todo se aprende
-El mismo L: "viene determinado"
-"predeterminado de manera social".
-lo que el feminismo es y no es.
c. lista de haportaciones destacadas pronunciadas en esta reunión.
>L G: -a ver mujeres, hablen... ¿qué opinan?
V -no nos interesa.
> L G: "Esto del apoderamiento de la mujer creo que ni a ellas les queda claro."
> She: -Era. wow!
> She: "...que imagino que son hombres", jaja!!!
>She: "permeada"
>She: "...desde que la sociedad se creó..."
d. lista de notas intrascendentes acumuladas a lo largo de ésta reunhión.
i. Hubiera sido bueno que el asunto, antes de ser tan apático, se hubiera tornado a un agarrón de trenzas sexista.
ii. Cuántas inconsistencias, incongruencias e ingenuidad en todos sus argumentos.
iii. Preguntas buenas pero mal planteadas, que terminan en pendejadas.
maldita plática idiota.
notas:
17.08 -llegó A. Jaja! Ojalá hable.
17.10 -habló: "el decir 'estamos hechos', ¿quiere decir que alguien nos hizo?"
--.-- -hablando de estar hecho... ambos sexos tienen cromosoma X, ¿no?
¡jaja!
L: "históricamente, evolutivamente... como lo quieran ver"... ¡ja!
A: "somos Universitarios y estamos aquí para cuestionar lo que está hecho".
LA: ['éste es un momento de transición'] ¿y cuándo no?
L: "yo desde el principio me declaré misógino".
October 08, 2009
Una de esas cartas que nunca se entregan
Estoy a punto de tirar la toalla, a poco de rendirme, a un paso de retirarme de la mesa sin arriesgar ni una ficha más. Me encuentro ya harto de esperar sin recompensa, y sobre todo de idealizar y en vigilia soñar con lo que la empiria sugiere tan lejano. Maldita maldición.
Sólo un atisbo de esperanza cada vez menor me impide abandonar para siempre la idea del eterno y maravilloso amor a tu lado; es una esperanza sin sustento ni justificación; está ahí quién sabe por qué y quién sabe cómo; se mantiene a sí misma por medio del arte de morderse la cola. No tengo ninguna razón buena para confiar en ella, ni para desconfiar. Desconozco su naturaleza y prefiero mantenerme al margen antes de aventurarme a tacharla de optimista o ingenua, o de ambas. Sólo dejo que haga lo que tiene que hacer sin meter las manos ni las patas. Siendo sincero espero a que termine antes de preocuparme por su utilidad y alcances, porque tal equivale a alimentarla.
Acepto lo que resulta evidente: no estoy dispuesto a hacer gran cosa por ti, por ganarte, por tenerte, por conseguirte, por alcanzarte. Y ello se debe no a una falta de interés genuino o de cariño auténtico, sino a la creciente certeza de que tú y yo escapamos a aquella sincronización que me resulta esencial.
October 05, 2009
October 04, 2009
Seemann Rammstein
Komm in mein Boot
ein Sturm kommt auf
und es wird Nacht
Wo willst du hin
so ganz allein
treibst du davon
Wer hält deine Hand
wenn es dich
nach unten zieht
wenn es dich
nach unten zieht
Wo willst du hin
so uferlos
die kalte See
Komm in mein Boot
der Herbstwind hält
der Herbstwind hält
die Segel straff
Jetz stehst du da an der Laterne
mit Tränen im Gesicht
das Tageslicht fäll auf die Seite
der Herbstwind fegt die Strasse leer
Jetz stehst du da an der Laterne
hast Tränen im Gesicht
das Abendlicht verjagt die Schatten
die Zeit steht still un es wird Herbst
Komm in mein Boot
die Sehnsucht wird
der Steuermann
Komm in mein Boot
der beste Seemann
war doch ich
Jetz stehst du da an der Laterne
hast Tränen im Gesicht
das Feuer nimmst du von der Kerze
die Zeit steht still und es wird Herbst
Sie sprachen nur von deiner Mutter
so gnadenlos ist nur die Nacht
am Ende bleib ich doch alleine
die Zeit steht still
un mir ist kalt
J
No puedo soportar el vacío que me queda después de tu partida. Es tan grande, y el dolor tan fuerte, que prefiero ser yo el primero en largarme. Dejar la escena tras apenas avisar, sin despedirme y sin voltear, como tú, con tal de no tener que escucharte decir adiós una vez más...
Soy el que cobardemente huye de tu partida buscando hacerte daño, castigarte, lacerarte; busco que me pidas lo que yo no me atrevo a pedirte: que te quedes, que no te vayas.
Porque yo no puedo vivir más sin ti.
Aquí estoy, de nuevo, lamentando tu ausencia. Trato de pensar en cualquier cosa antes de volver sobre ti, pero es inútil. Todos los intentos que hago, sean decididos o titubeantes, están condenados al fracaso, e invariantemente logras colarte una y otra vez en mi cabeza. Me pregunto qué haces, qué sientes y qué piensas. O en quién. Y es ahí cuando prefiero probar con otra cosa, habiendo tantas: el idioma, la escuela, o el último dato posmoderno extraído de donde sea. Pero ninguna idea, por deslumbrante que al principio se muestre, logra opacar el brillo de tu sonrisa. De tu hermosa y fantástica sonrisa que bien podría contemplar toda la vida sin conocer de nuevo el agotamiento ni la fatiga, ni el aburrimiento ni el hastío.
¿Cuánto durará éste amor tan grande que día a día no para de crecer? ¿Cuántas horas, minutos, y segundos pasarán antes de que... ¿de que qué? ¿Qué podría pasar? ¿Qué podría haber entre tú y yo? ¿Podría acaso haber algo? ¿O sería mejor tumbarme en la cama y simplemente dejarme morir, para dar cause definitivo al asunto y decapitar de a poco, pero de una vez por todas, aquella esperanza tan remota que en los últimos días funciona como salvavidas en medio de la mar?
Aunque para el náufrago eres mucho más que un pedazo de goma con aire inflado. Tu solo recuerdo basta para hallar felicidad lo mismo en las letras, canciones y poemas, que en las caminatas cotidianas, o incluso debajo de la cama. Y bastaría, llegado el caso de hallarse el marinero en alta mar y sin barco, flotando a su suerte en medio de la nada y de tanta agua salada como sólo en alta mar puede uno encontrarse, para consolarle cuando nada más queda; cuando la historia toca su fin, cuando las puertas se han cerrado y no queda más que aguardar la última salida, ¿no sería suficiente tu recuerdo para animar al desamparado, para calmar al ansioso, o para redimir al aferrado?
Quién pudiera por siempre recordarte.
October 02, 2009
I. Don Juan
Aún recuerdo con gran nitidez, y poco menos añoranza, los días que pasé en la pieza de la calle Escobedo tres años atrás. No resulta fácil olvidar tiempos como aquél, puesto que, dada su naturaleza, marcan para siempre el rumbo de la vida porque la hacen girar radicalmente. Fue la época en la que entendí que lo mío era ser buscador. También por entonces tuvo sus orígenes la actual certeza de que la búsqueda sería interminable.
Vivía en un modesto cuarto ubicado casi al fondo de una antigua casa colonial. Dentro había espacio suficiente para una cama grande, un pequeño buró, un armario ni grande ni pequeño, lo mismo que el sillón individual, y una mesa de plástico permanentemente ubicada en la esquina más próxima a la puerta. Tanto los muebles como su contenido, que consistía en las pertenencias personales que caben amontonadas en una maleta relativamente grande, daban sustento perfecto y justo a mis necesidades cotidianas. En el armario guardaba la ropa, el calzado y diversos cosméticos. El buró albergaba tres o cuatro libros, de los cuales sólo uno leí. La cama, por su parte, tenía bastante con soportarme todas las noches y, desde que llegó, a mi guitarra durante las tardes. En la mesa solían convivir la plancha y el cuaderno de apuntes, que hacía las veces de burro de planchar. El sillón, por lo general, estaba lleno de ropa sucia cuidadosamente doblada, lista para ser trasportada a la lavandería de la calle contigua tan pronto su peso excediera la capacidad del mueble para brindarle soporte estático.
El baño, el fregadero y el tendedero eran comunes para los demás inquilinos debidamente distribuidos en los cuartos restantes de la casa de Doña Carmelita. En total éramos unos seis, o tal vez siete.
Al fondo, en un cuarto donde apenas cabía una cama minúscula y un equipo de sonido envidiable, vivía Don Juan. Rara vez se le veía a Don Juan por las tardes. Era más probable encontrarlo por las noches, cuando volvía del trabajo con un café y dos panes de Doña Licha metidos en una bolsa de plástico a veces trasparente, a veces opaca. Aunque incluso entonces era escurridizo. Un hombre de pocos amigos, Don Juan. Apenas intercambiaba un saludo escueto (aunque siempre elegante) con la mayoría de los habitantes de la casa, incluida Doña Carmelita. En cambio, solía pasar una buena media hora en charla ávida con Carmelita-quién no ha de ser confundida con Doña Carmelita-si al llegar hallaba a la abuelita de la vecindad todavía despierta. Después de ello andaba a su cuarto y, si se corría con suerte, se le veía hasta la madrugada siguiente, cuando partía al trabajo. Los fines de semana regresaba a la Gran Ciudad para convivir con la familia que mantenía desde hacía treinta años. Era un hombre mayor, Don Juan. Al conocernos le calculé unos cincuenta y tantos, aunque probablemente tenía muchos más. Tanto sobre la edad, como sobre cualquier otra cosa, era difícil entrever más allá de lo que Don Juan consideraba pertinente y permitía.
Don Juan y yo nos conocimos una tarde que yo no ocupé en caminar y en la que él volvió temprano. Como desde algunos días antes se había vuelto costumbre, al tiempo que yo llenaba la parte del lavadero dedicada a alojar el agua limpia con que se ha de humedecer, lubricar, y enjuagar la ropa fregada, preparándome para lavar el uniforme recién usado, Carmelita-quién no ha de ser confundida con Doña Carmelita-hacía uso de todas sus fuerzas y voluntad para poco a poco llevar su silla favorita desde dentro hasta fuera de su cuarto. La situaba en el rincón del patio que recibía los últimos rayos solares, sin importar qué hora del día fuese, y, una vez sentada, esperaba paciente a que el muchachito recién llegado se decidiera a levantarse de la cama, sacarse el uniforme y, sin doblarlo, llevarlo directamente al fregadero, cuya parte dedicada a alojar el agua limpia estaba llena para entonces. Así, mientras yo tallaba suficientemente harto y cansado, Carmelita se entretenía relatándome su vida. Uno tras otro, me contaba pequeños pedazos que nunca terminaban de ensablar del todo, dando la impresión de que los noventa años de vida de Carmelita podían compararse mejor con una visión caleidoscópica o quizá con un cuadro Pollockiano, antes que con la línea ininterrumpida que algunos utilizan para intentar representar el paso del tiempo.
Los relatos de Carmelita lograban tranquilizarme. Después de tender la ropa y limpiar el fregadero solía quedarme en compañía de la viejita para escucharla una media hora más, o incluso una entera en caso de encontrarme particularmente agotado. Siempre era difícil detener los relatos de Carmelita cuando platicábamos solos. En cambio, si Doña Carmelita o Don Juan estaban presentes, podía sustraerme de las remembranzas con un poco más de facilidad. Tal fue la ocasión en que conocí a Don Juan.
Después de una mañana de trabajo regresé al cuarto y dormí casi toda la tarde. Según contaron los estudiantes que habitaban el cuarto más grande, próximo al de Carmelita (que a su vez era el próximo al mío), la abuelita de la vecindad, que por entonces me había tomado un cariño enorme, estuvo preguntando por mí toda la tarde al notar mi ausencia en los lavaderos. Cuando por fin alguien confesó haberme visto entrar al cuarto cerca de las cuatro, y dado que la viejita había salido poco después al patio, sin abandonarlo desde entonces, concluyó atinadamente que yo tendría que seguir dentro de mi pieza, y esperó pacientemente.
Salí cuando el sol comenzaba a ponerse, como a eso de las seis, y me dispuse a lavar. Doña Carmelita se mostró suficientemente contenta y animada como para comenzar a contar antes de que yo lograra abrir la llave del agua. Lavé y ella narró. Cuando terminé habían pasado unos treinta minutos desde que el último rayo del sol dejó de iluminar la parte más alta de la casa de Doña Carmelita. Don Juan apareció mientras tendía la ropa.
Se apostó cerca de Carmelita y le invitó uno de sus panes, como tenía por costumbre. Carmelita lo aceptó después de negarse un par de veces, como tenía por costumbre. Yo me disponía a cruzar el patio principal, donde Carmelita y Don Juan iniciaban una acalorada plática sobre política, cuando apareció Doña Carmelita. Tras saludarnos a todos, pues con todo y la hora era el primer encuentro del día, cayó en cuenta de que Don Juan y yo no habíamos sido debidamente presentados. Compartió tal observación con Carmelita, quien después de algunos segundos de cuidadosa deliberación se decidió por apoyarla. De tal suerte, gracias a las dos Carmelitas, Don Juan y yo fuimos presentados.
Pero aquel primer día habríamos de mantener cierta distancia cautelosa. Después de un par de comentarios más, Don Juan se excusó y retiró a su cuarto. Carmelita nos invitó a una gelatina en su pieza, y Doña Carmelita y yo aceptamos complacidos. Al terminar la gelatina, que consiguió aniquilar el vago deseo de caminar por la noche después de recordarme ciertos pasajes de mi infancia particularmente sedentarios, partí hacia mi cuarto y no salí hasta la mañana siguiente.
Después de algunos días volví a ver a Don Juan, aunque en aquella ocasión, como en las tres o cuatro siguientes, los encuentros se limitaron a los saludos rápidos y elegantes hasta entonces acostumbrados. Sin embargo, cierta noche en que los dos nos mostramos dispuestos, logramos entablar una conversación decente. Yo le conté de mi vida y él de la suya. Platiqué del trabajo en el restaurante, de la novia y de la familia; él mencionó la Zona Industrial y su gusto por el café de Licha. Fumamos un par de cigarrillos, como no podía faltar tratándose de una noche en compañía de Don Juan, y quedamos en jugar dominó alguna noche próxima. Al día siguiente yo compré uno modesto pero útil, y no tardamos ni una semana en estrenarlo. Celebramos nuestra primera partida en mi cuarto; las siguientes tendrían lugar en el suyo.
Si bien éramos jugadores de calidad cuestionable, Don Juan y yo éramos excelentes platicadores. Entre ficha y ficha depositábamos en el otro un poco más de confianza, y así contó sobre su familia y yo acerca de mis impresiones sobre la ciudad; sobre el trabajo, la paga, las piezas de autos y las dificultades que un mecánico enfrenta día a día en sus labores; acerca de Licha y su café y su pan tan bueno; lo mismo de fútbol como de la novia y de la esposa, de los hijos y los nietos; del hermano, del padre y la madre abandonados en la Gran Ciudad, de los estudios interrumpidos; de la complicada juventud tan lejana y tan presente. Todo mientras terminábamos uno y otro juego, hasta que el café y el pan se agotaban. Entonces salíamos al patio y alguno ofrecía los cigarrillos, siempre sin filtro. Charlábamos un tanto más hasta que las colillas eran aplastados contra el suelo; entonces nos despedíamos.
Eran encuentros saludables pese al cigarro, al juego y a la hora en que los hacíamos acaecer, porque nos curaban de la soledad y las costumbres. Y quizá por ello último en total sólo fueron tres sesiones de dominó las que Don Juan y yo compartimos. En ellas nos volvimos buenos amigos. Me pregunto qué sería de encontrarme con Don Juan ahora. ¿Volveríamos a tomar siete fichas cada quién, a preguntar por la mula y a maldecir tímida y amablemente ante la iniciativa del otro? ¿Contaríamos con la misma soltura nuestras vivencias al viejo amigo, o ni siquiera un par de saludos sinceros y un cigarrillo bastarían para recuperar la confianza otrora otorgada?
Una noche en que yo salía de carrera, encontré cerca de la puerta a Don Juan y a Doña Carmelita conversando. Apenas hubo tiempo para saludar y para que que Don Juan interrumpiera brevemente la plática, requiriera un par de segundos mi atención, y con la franqueza de siempre explicara que aquella sería la última noche que pasaría en la casa de Doña Carmelita: un nuevo puesto cerca de la Gran Ciudad le había tentado, por la paga y por la cercanía de la familia. Partiría a la mañana siguiente. Confesó que no le agradaría marchar sin probar suerte a las fichas por última vez. Respondí, no sin cierta tristeza, que la suerte habría de quedar como desde la última noche, pues después de salir no volvería a la casa sino hasta el día siguiente por algunas ocupaciones amorosas que Don Juan comprendió perfectamente.
Prometió volver cada quince días para saludarme a mí y a Carmelita, quien había recibido la noticia de su partida cual cubetazo de agua helada, cual mil cuchillos clavándose a un tiempo en el cuerpo, en la espalda. Yo le recordé, cuidándome de los oídos de Doña Carmelita, que para entonces habría vuelto a la Gran Ciudad. Nos negamos, cada quién de manera independiente, a plantear la bien sabida escasa posibilidad de volvernos a enfrentar a las fichas algún día. Ambos lamentamos que nuestro último encuentro se diera de manera tan rápida y repentina. Deseamos suerte al otro y nos despedimos para siempre.
Subscribe to:
Posts (Atom)
+It%27s+a+very+sweet+note+from+Batman+and+Robin.jpg)