No quiero que sea 29 de Abril, aún cuando muera de ganas por volver al festejo en el Centro Cultural. Zwei Monate früher dein Geburtstag: los 29 de cada mes me traen malos recuerdos.
Tampoco quiero que llegue mi cumpleaños. No me gusta celebrarlo. No me gusta que la gente se reúna alrededor mío y del pastel, que me canten las mañanitas y que griten porras en mi nombre. Mucho menos apagar las estúpidas velitas y cortar ceremoniosamente la primera rebanada. No me gusta tener que esperar hasta que el último invitado se marche para poder irme a dormir. No me gusta que me feliciten, ni que se acuerden siquiera que hace X años nací. Es una fecha importante, desde luego, porque invariablemente me lleva a la reflexión sobre la propia vida y el rumbo que de una u otra manera he seguido, y me permite imaginar nuevas opciones y hasta cambiar todo drásticamente en ocasiones. Es una fecha que sólo disfruto solo. Pero incluso con ello ya no quiero que llegue.
No quiero que llegue el 29 de Abril ni el 14 de Mayo ni el 29 de Junio ni cualquier 29 ni cualquier otro día que abra la posibilidad de salir de la rutina guiados por la voluntad. No quiero que la voluntad de ninguno de los dos cambie, porque también creo que de no cambiar, ya no hay nada común en nuestras vidas: ni los lugares, ni los amigos, ni los viajes, ni nada. Y no es necesario saber si esta nueva situación-que se empieza a hacer añeja, como ocurre cuando el tiempo pasa-es mejor o peor que alguna otra para concluir que la prefiero-paradojas de la vida.
Desaparece ya, maldita sea.