July 17, 2013

El Aroma de la Vaca

Ayer por la tarde me preguntaba, "¿a qué huele la vaquita?", mientras comía mi ensalada,
Y de tantas opciones no hubo alguna cercana a eso de la vaca que extraño con locura,
"¿Es olor de florecita?", "¿o de melón?", "¿o de arándano con nuez mezclado con limón?" 
"O puede ser fragancia de jabón", "del jabón que acaricia a vaquita con dulzura",
"que la acaricia despacio, con cuidado, que la acaricia con ternura".
Y yo aquí tan muerto por ti.
Y tú allá tan lejos.
¿Y dónde nosotros? ¿Y cuándo?
¿Y nosotros?

July 11, 2013

VII.
Y notar cómo en cualquier plática examinas con cuidado y sin miedo a quién que se te ponga enfrente hasta hacerle temblar, hasta que sufra mientras tú como la fresca mañana, y disfrutar cuando con la misma ligereza y facilidad te basta una sonrisa, una mirada o una frase para desaparecer la tensión y conquistarle de nuevo.
Y seguirte a paso veloz lo mismo por las calles que durante las escaleras que a través del pasto, como si hubiera algún tipo de prisa pero no es prisa sino que simplemente no hay por qué perder el tiempo porque si vas a algún lugar lo mejor es llegar rápido porque no hay razón para llegar lento. Y paso tras paso, siempre atrás, aguantar hasta hartarte y verte perder la paciencia pero disimularlo delicadamente, voltear tan tierna y enojada y reclamar sin reclamarlo que otra vez camino lento, que me apure... que está bien, que por esta vez puedes aguantar. Y empezar a caminar otra vez intentando ajustarte a mi ritmo y verte pensar, un par de pasos más tarde, que no tienes por qué aguantar el paso de nadie y que realmente te cuesta entender por qué vamos tan lento si podemos caminar más rápido. Y acelerar voluntaria o involuntariamente lo mismo por las calles que durante las escaleras que a través del pasto que por el parque que por la plaza; en el metro; por la vida.
Y sentir la mirada preguntona tan fuerte y certera. Y siempre tan irresistible. Y confesarte mi vida por pedazos porque cómo podría no hablar, no decirte. Y escucharte escuchar como sólo tú escuchas.
Y verte.
Besarte.
Y acariciar tus brazos otra vez, ratita.
...pero de todo eso que el mundo tiene para ofrecer, lo último que necesito es condescendencia. Sería el colmo, el maldito colmo que, encima de ser un don nadie, el mundo me lo eche en cara como diciendo "sí, eres un don nadie, pero no te preocupes porque aquí estamos para condescenderte", y el "condescenderte" acompañado de un par de palmaditas en la espalda. No lo necesito y no lo quiero porque me recuerda lo débil que soy y me hace sentir piojo aunque no lo sea.
Prefiero cualquier cosa antes que sentir que la vida se acomoda lastimosamente a mis intereses sólo para (irónicamente) no lastimarme, que cede por mi bien, como si fuera un muñequito de porcelana frágil y delicado, como si me cuidara de cualquier roce para no romperme, como si moviera con precaución el vaso de agua para evitar que una sacudida brusca la derrame pero no por amor al agua y a la porcelana sino porque mejor evitar el desastre porque qué hueva limpiar el charco y barrer los escombros. No, carajo, todo menos eso.
Y eso tan transparente y tan claro, tan diferente de todo lo demás, tan, tan... tan molesto. Y yo que desde fuera debo verme tan como el idiota que no soy nunca sé qué hacer ni cómo reaccionar al sentir condescendencia porque lo mismo me dan ganas de gritar que no soy un idiota como de aclarar que no es necesario tanto esfuerzo condescendiente como de preguntar si realmente parezco idiota como de entender por qué tanta condescendencia últimamente.
Seguro tiene que ver con la tibieza con que hago las cosas, con mi postura ligeramente (¿o de plano demasiado?) encorvada, con tanta estupidez que digo tan estúpidamente y con esa manía tan incisiva de buscar aprobación desesperadamente. Fácil entender por qué parezco idiota, fácil entender por qué parezco débil. ¿Pero por qué ser condescendiente? ¿Para qué? ¿Qué se gana, qué no se pierde? Nada, realmente.