Estoy a punto de tirar la toalla, a poco de rendirme, a un paso de retirarme de la mesa sin arriesgar ni una ficha más. Me encuentro ya harto de esperar sin recompensa, y sobre todo de idealizar y en vigilia soñar con lo que la empiria sugiere tan lejano. Maldita maldición.
Sólo un atisbo de esperanza cada vez menor me impide abandonar para siempre la idea del eterno y maravilloso amor a tu lado; es una esperanza sin sustento ni justificación; está ahí quién sabe por qué y quién sabe cómo; se mantiene a sí misma por medio del arte de morderse la cola. No tengo ninguna razón buena para confiar en ella, ni para desconfiar. Desconozco su naturaleza y prefiero mantenerme al margen antes de aventurarme a tacharla de optimista o ingenua, o de ambas. Sólo dejo que haga lo que tiene que hacer sin meter las manos ni las patas. Siendo sincero espero a que termine antes de preocuparme por su utilidad y alcances, porque tal equivale a alimentarla.
Acepto lo que resulta evidente: no estoy dispuesto a hacer gran cosa por ti, por ganarte, por tenerte, por conseguirte, por alcanzarte. Y ello se debe no a una falta de interés genuino o de cariño auténtico, sino a la creciente certeza de que tú y yo escapamos a aquella sincronización que me resulta esencial.
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