Aún recuerdo con gran nitidez, y poco menos añoranza, los días que pasé en la pieza de la calle Escobedo tres años atrás. No resulta fácil olvidar tiempos como aquél, puesto que, dada su naturaleza, marcan para siempre el rumbo de la vida porque la hacen girar radicalmente. Fue la época en la que entendí que lo mío era ser buscador. También por entonces tuvo sus orígenes la actual certeza de que la búsqueda sería interminable.
Vivía en un modesto cuarto ubicado casi al fondo de una antigua casa colonial. Dentro había espacio suficiente para una cama grande, un pequeño buró, un armario ni grande ni pequeño, lo mismo que el sillón individual, y una mesa de plástico permanentemente ubicada en la esquina más próxima a la puerta. Tanto los muebles como su contenido, que consistía en las pertenencias personales que caben amontonadas en una maleta relativamente grande, daban sustento perfecto y justo a mis necesidades cotidianas. En el armario guardaba la ropa, el calzado y diversos cosméticos. El buró albergaba tres o cuatro libros, de los cuales sólo uno leí. La cama, por su parte, tenía bastante con soportarme todas las noches y, desde que llegó, a mi guitarra durante las tardes. En la mesa solían convivir la plancha y el cuaderno de apuntes, que hacía las veces de burro de planchar. El sillón, por lo general, estaba lleno de ropa sucia cuidadosamente doblada, lista para ser trasportada a la lavandería de la calle contigua tan pronto su peso excediera la capacidad del mueble para brindarle soporte estático.
El baño, el fregadero y el tendedero eran comunes para los demás inquilinos debidamente distribuidos en los cuartos restantes de la casa de Doña Carmelita. En total éramos unos seis, o tal vez siete.
Al fondo, en un cuarto donde apenas cabía una cama minúscula y un equipo de sonido envidiable, vivía Don Juan. Rara vez se le veía a Don Juan por las tardes. Era más probable encontrarlo por las noches, cuando volvía del trabajo con un café y dos panes de Doña Licha metidos en una bolsa de plástico a veces trasparente, a veces opaca. Aunque incluso entonces era escurridizo. Un hombre de pocos amigos, Don Juan. Apenas intercambiaba un saludo escueto (aunque siempre elegante) con la mayoría de los habitantes de la casa, incluida Doña Carmelita. En cambio, solía pasar una buena media hora en charla ávida con Carmelita-quién no ha de ser confundida con Doña Carmelita-si al llegar hallaba a la abuelita de la vecindad todavía despierta. Después de ello andaba a su cuarto y, si se corría con suerte, se le veía hasta la madrugada siguiente, cuando partía al trabajo. Los fines de semana regresaba a la Gran Ciudad para convivir con la familia que mantenía desde hacía treinta años. Era un hombre mayor, Don Juan. Al conocernos le calculé unos cincuenta y tantos, aunque probablemente tenía muchos más. Tanto sobre la edad, como sobre cualquier otra cosa, era difícil entrever más allá de lo que Don Juan consideraba pertinente y permitía.
Don Juan y yo nos conocimos una tarde que yo no ocupé en caminar y en la que él volvió temprano. Como desde algunos días antes se había vuelto costumbre, al tiempo que yo llenaba la parte del lavadero dedicada a alojar el agua limpia con que se ha de humedecer, lubricar, y enjuagar la ropa fregada, preparándome para lavar el uniforme recién usado, Carmelita-quién no ha de ser confundida con Doña Carmelita-hacía uso de todas sus fuerzas y voluntad para poco a poco llevar su silla favorita desde dentro hasta fuera de su cuarto. La situaba en el rincón del patio que recibía los últimos rayos solares, sin importar qué hora del día fuese, y, una vez sentada, esperaba paciente a que el muchachito recién llegado se decidiera a levantarse de la cama, sacarse el uniforme y, sin doblarlo, llevarlo directamente al fregadero, cuya parte dedicada a alojar el agua limpia estaba llena para entonces. Así, mientras yo tallaba suficientemente harto y cansado, Carmelita se entretenía relatándome su vida. Uno tras otro, me contaba pequeños pedazos que nunca terminaban de ensablar del todo, dando la impresión de que los noventa años de vida de Carmelita podían compararse mejor con una visión caleidoscópica o quizá con un cuadro Pollockiano, antes que con la línea ininterrumpida que algunos utilizan para intentar representar el paso del tiempo.
Los relatos de Carmelita lograban tranquilizarme. Después de tender la ropa y limpiar el fregadero solía quedarme en compañía de la viejita para escucharla una media hora más, o incluso una entera en caso de encontrarme particularmente agotado. Siempre era difícil detener los relatos de Carmelita cuando platicábamos solos. En cambio, si Doña Carmelita o Don Juan estaban presentes, podía sustraerme de las remembranzas con un poco más de facilidad. Tal fue la ocasión en que conocí a Don Juan.
Después de una mañana de trabajo regresé al cuarto y dormí casi toda la tarde. Según contaron los estudiantes que habitaban el cuarto más grande, próximo al de Carmelita (que a su vez era el próximo al mío), la abuelita de la vecindad, que por entonces me había tomado un cariño enorme, estuvo preguntando por mí toda la tarde al notar mi ausencia en los lavaderos. Cuando por fin alguien confesó haberme visto entrar al cuarto cerca de las cuatro, y dado que la viejita había salido poco después al patio, sin abandonarlo desde entonces, concluyó atinadamente que yo tendría que seguir dentro de mi pieza, y esperó pacientemente.
Salí cuando el sol comenzaba a ponerse, como a eso de las seis, y me dispuse a lavar. Doña Carmelita se mostró suficientemente contenta y animada como para comenzar a contar antes de que yo lograra abrir la llave del agua. Lavé y ella narró. Cuando terminé habían pasado unos treinta minutos desde que el último rayo del sol dejó de iluminar la parte más alta de la casa de Doña Carmelita. Don Juan apareció mientras tendía la ropa.
Se apostó cerca de Carmelita y le invitó uno de sus panes, como tenía por costumbre. Carmelita lo aceptó después de negarse un par de veces, como tenía por costumbre. Yo me disponía a cruzar el patio principal, donde Carmelita y Don Juan iniciaban una acalorada plática sobre política, cuando apareció Doña Carmelita. Tras saludarnos a todos, pues con todo y la hora era el primer encuentro del día, cayó en cuenta de que Don Juan y yo no habíamos sido debidamente presentados. Compartió tal observación con Carmelita, quien después de algunos segundos de cuidadosa deliberación se decidió por apoyarla. De tal suerte, gracias a las dos Carmelitas, Don Juan y yo fuimos presentados.
Pero aquel primer día habríamos de mantener cierta distancia cautelosa. Después de un par de comentarios más, Don Juan se excusó y retiró a su cuarto. Carmelita nos invitó a una gelatina en su pieza, y Doña Carmelita y yo aceptamos complacidos. Al terminar la gelatina, que consiguió aniquilar el vago deseo de caminar por la noche después de recordarme ciertos pasajes de mi infancia particularmente sedentarios, partí hacia mi cuarto y no salí hasta la mañana siguiente.
Después de algunos días volví a ver a Don Juan, aunque en aquella ocasión, como en las tres o cuatro siguientes, los encuentros se limitaron a los saludos rápidos y elegantes hasta entonces acostumbrados. Sin embargo, cierta noche en que los dos nos mostramos dispuestos, logramos entablar una conversación decente. Yo le conté de mi vida y él de la suya. Platiqué del trabajo en el restaurante, de la novia y de la familia; él mencionó la Zona Industrial y su gusto por el café de Licha. Fumamos un par de cigarrillos, como no podía faltar tratándose de una noche en compañía de Don Juan, y quedamos en jugar dominó alguna noche próxima. Al día siguiente yo compré uno modesto pero útil, y no tardamos ni una semana en estrenarlo. Celebramos nuestra primera partida en mi cuarto; las siguientes tendrían lugar en el suyo.
Si bien éramos jugadores de calidad cuestionable, Don Juan y yo éramos excelentes platicadores. Entre ficha y ficha depositábamos en el otro un poco más de confianza, y así contó sobre su familia y yo acerca de mis impresiones sobre la ciudad; sobre el trabajo, la paga, las piezas de autos y las dificultades que un mecánico enfrenta día a día en sus labores; acerca de Licha y su café y su pan tan bueno; lo mismo de fútbol como de la novia y de la esposa, de los hijos y los nietos; del hermano, del padre y la madre abandonados en la Gran Ciudad, de los estudios interrumpidos; de la complicada juventud tan lejana y tan presente. Todo mientras terminábamos uno y otro juego, hasta que el café y el pan se agotaban. Entonces salíamos al patio y alguno ofrecía los cigarrillos, siempre sin filtro. Charlábamos un tanto más hasta que las colillas eran aplastados contra el suelo; entonces nos despedíamos.
Eran encuentros saludables pese al cigarro, al juego y a la hora en que los hacíamos acaecer, porque nos curaban de la soledad y las costumbres. Y quizá por ello último en total sólo fueron tres sesiones de dominó las que Don Juan y yo compartimos. En ellas nos volvimos buenos amigos. Me pregunto qué sería de encontrarme con Don Juan ahora. ¿Volveríamos a tomar siete fichas cada quién, a preguntar por la mula y a maldecir tímida y amablemente ante la iniciativa del otro? ¿Contaríamos con la misma soltura nuestras vivencias al viejo amigo, o ni siquiera un par de saludos sinceros y un cigarrillo bastarían para recuperar la confianza otrora otorgada?
Una noche en que yo salía de carrera, encontré cerca de la puerta a Don Juan y a Doña Carmelita conversando. Apenas hubo tiempo para saludar y para que que Don Juan interrumpiera brevemente la plática, requiriera un par de segundos mi atención, y con la franqueza de siempre explicara que aquella sería la última noche que pasaría en la casa de Doña Carmelita: un nuevo puesto cerca de la Gran Ciudad le había tentado, por la paga y por la cercanía de la familia. Partiría a la mañana siguiente. Confesó que no le agradaría marchar sin probar suerte a las fichas por última vez. Respondí, no sin cierta tristeza, que la suerte habría de quedar como desde la última noche, pues después de salir no volvería a la casa sino hasta el día siguiente por algunas ocupaciones amorosas que Don Juan comprendió perfectamente.
Prometió volver cada quince días para saludarme a mí y a Carmelita, quien había recibido la noticia de su partida cual cubetazo de agua helada, cual mil cuchillos clavándose a un tiempo en el cuerpo, en la espalda. Yo le recordé, cuidándome de los oídos de Doña Carmelita, que para entonces habría vuelto a la Gran Ciudad. Nos negamos, cada quién de manera independiente, a plantear la bien sabida escasa posibilidad de volvernos a enfrentar a las fichas algún día. Ambos lamentamos que nuestro último encuentro se diera de manera tan rápida y repentina. Deseamos suerte al otro y nos despedimos para siempre.
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