"Puedo lastimar". ¿Desde cuándo me volví consciente de tal mierda? ¿Acaso existe idea que entre la idea y la acción interponga cantidad mayor de obstáculos y contratiempos? ¿Cuántas veces no me he detenido yo a causa de esa sensación tan visceral? Comenzando por el temor (que algunos considerarán injustificado, y quizá tengan razón) de lastimarme solo, y pasando por cuanta persona quiero o, cuando menos, alcanza cierto grado de mi estima, se han frustrado los mejores y más malévolos planes en contra del mundo que alguien pudiera haber ideado con tal dedicación y genialidad jamás; se extraviaron en la inmensidad del mar de las memorias olvidadas; hallarlos equivaldría en fortuna a hallar una aguja en un pajar.
¿No sucede que bajo la influencia del temor, de ese temor, ya ahora mismo continúo colocando aquellas barreras que atentan directamente en contra de mis planes macabros?
Terror tan grande nadie ha conocido jamás.
Podría decir que desde que conservo memoria y hasta la fecha, he conocido en batalla a aquel temor infundado que la idea de lastimar a la gente evoca en mis entrañas. ¿Sería exagerado proponer que apenas que decido coger el vaso de diáfana agua para guiarle hasta mi sedienta boca que seca aguarda el vital líquido con ansia agonizante, ya una diminuta pero ponsoñoza parte del temor infundado se ha hecho presente al punto de llevarme a pensar la ingesta de líquido dos veces?
Pero, ¿qué no es el miedo el resultado más preciso y manifiesto que cualquier aparato interpretador de mentes haya obtenido hasta la fecha? ¿No lo son el miedo y la certeza?
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