October 12, 2013

Disfrutaba la lluvia más que cualquier cosa en el mundo.

1. La lluvia existe, pero nadie sabe por qué existe.
Tenía que haber alguna causa. 
Era claro que tenía que venir del cielo pero parecía estar en ningún lado, o en todos al mismo tiempo. 
Todos odiaban la pregunta causal porque todos tenían una respuesta claramente insatisfactoria, claramente incompleta: Algunos comenzaban por las nubes, otros saltaban hasta las fuerzas gravitatorias; los más atrevidos incluían al sol, a la evaporación, a la condensación y demás eventos encadenados para explicar, si aquello era explicar, el origen y naturaleza de la lluvia. Pero nadie, por complicado el relato que tuviera disponible, parecía resuelto respecto a la pregunta; daba la impresión de que tenía que haber algo más, algún cuento mejor, más terminado, más cuajado, más efectivo y duradero. Lo mejor venía cuando varios intentaban ponerse de acuerdo para frenar la cadena interminable (cual cíclico evento era) de por qués del pequeño: De alguna manera todos los relatos parecían encajar pero no podía decirse que alguien tuviera toda la razón (¿y qué otra proporción importa?) porque los relatos individuales siempre podían ser completados por los del grupo; siempre quedaba más de un inconforme resuelto a enmendar las deficiencias de los cuentos ajenos. 
Por aquel entonces estaba convencido de que tenía que haber un relato verdadero, una historia que fuera copia fiel del proceso, libre de interpretaciones y malentendidos mundanos. Humanos. Pero nunca lo encontré, y nunca se me ocurrió ninguno que me hiciera abandonar la persecusión de la verdad tan elusiva y tentadora.

2. Los charcos son el mejor lugar para rebelarse.
Contra los padres: Porque no importa cuán histéricos los gritos ni cuán severas las amenazas, es un hecho irrefutable que una vez que uno se escabulle del control paterno y alcanza el centro del charco no hay poder en esta tierra que impulse a los padres a perseguirle a uno y sacarlo por la fuerza de la trinchera acuática. Era como estar en el centro, o en la cima; era el lugar más seguro del mundo, el más libre. Daba la impresión de que era eterno: Porque se podía ver cómo la decisión de abandonarlo se formaba dentro de mi cráneo voluntariamente, pura, independiente a los regaños que sonaban tan distantes e inofensivos como de hecho lo eran, y por tanto era yo quien estaba en total control del tiempo, del lugar y de la vida. La fascinación por lo cenotes, charcos majestuosos, no apareció de la nada.
Contra los médicos: Porque a base de persistencia es posible demostrar que no existe relación causal entre el estar en un charco, o en varios, durante horas, y el contraer catarro, o gripa, o gripe, o cualquiera de esas blasfemias de las que culpan los médicos a la lluvia. Los odio desde entonces, por esa y por tantas otras razones. Pero sobre todo por esa: Porque escuchaban el relato causal erróneo de boca de los padres y en lugar de cuestionar las bases epistemológicas del mismo echaban más leña al fuego y lo reforzaban con discusiones idiotas sobre la temperatura corporal, la temperatura medioambiental, los cambios bruscos de temperatura, las mediciones de la temperatura, y demás sarta de estupideces con las que intentaban hacernos creer, en especial a mí, que la lluvia era la causante de las inyecciones dolorosas y el jarabe pestilente. Nunca lo lograron, no podían lograrlo. Porque no es cierto, porque así es el mundo, la lluvia y el catarro, que la primera cause al segundo; no es cierto ni lo será jamás.

3. El mundo se vuelve un lugar más agradable cuando llueve.
O mis sentidos se agudizan, o las propiedades del mundo intensifican; no importa: Todo se percibe mejor mientras llueve, y todavía más inmediatamente después de que termina la lluvia. Y todos parecen reaccionar igual, todos parecen notarlo, pero curiosamente sólo los primos de la edad se atreven a aceptar que no hay cosa más deliciosa en la vida que un ladrillo húmedo. Me pregunto si las plantas se ven más verdes para todos y si para todos es más fácil distinguir sus aromas; cuando llueve huele a pasto en todas partes, y no hay mejor oportunidad para estudiar visualmente las cicatrices de los árboles. O las mías.



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