Pensó en pasar por un café y acompañar con un cigarro antes de llegar al metro. Pensó que podría ordenar alguna mezcla que involucrara cierto porcentaje de café y cierto porcentaje de leche para no aburrirse de la rutina americana sin azúcar. Pensó que podría encender un popular y disfrutar el primer jalón, que después podría sostenerlo entre los dedos de la mano izquierda hasta que las propiedades estándar del pitillo le consumieran hasta la propia mitad para entonces fumar un poco de nuevo y tirar el resto al suelo, pisarlo, recogerlo con la mano izquierda, y depositarlo en el bote de basura más próximo.
Estaba emocionado, contra toda predicción y toda expectativa. Lo que había comenzado como una de tantas iniciativas ambiguas y vagas, honestamente poco atractivas, había mutado en cuestión de minutos hasta antojarse pragmáticamente (palabra que le gustaba pensar cuando no tenía necesidad de externar el pensamiento) alcanzable. Todo era cuestión de subir al metro y caminar un par de cuadras. Todo era cuestión de tiempo, de ganas.
Recordaba lo que había pensado y las emociones previas a la velada sentado en la mesa, franca y abiertamente molesto. Harto. Y es que algunos minutos y un par de palabras habían bastado para hacerle comprender, franca y abiertamente, que sería una conversación aburrida, sin mayor trascendencia que la que hubiera podido encontrar solo, o acompañado del café y del cigarro, pero con el inconveniente adicional de la gente tan humana rodeándolo y obstruyendo todas y cada una de sus posibles rutas de escape. Ese apagón no hubiera podido ser más oportuno, el terremoto más necesario.
Era como vegetar, o quizá sólo como estar rodeado de vegetales. Qué ironía encontrarse en el centro, qué tragedia continuar.
Se preguntaba si había salida, si era posible que la hubiera. Olvidaba la realidad por un momento: no era una pregunta retórica. ¿Era en principio posible solucionar el asunto? ¿Existía, en algún plano ontológico (le gustaba pensar en términos de "planos ontológicos" toda vez que la situación exigía alguna suerte de humor malo desesperadamente), algo capaz de transformar ese vómito social tan frecuente últimamente? ¿O sería mejor ahorrar tiempo y tragarlo de una vez? "Nadie va a tragar vómito sin vomitarlo después", se dijo en voz baja, casi imperceptible, antes de perder la conciencia y el control y entregarse al banal deseo.
Despertó. La cabeza, insoportable, vacía; el cuerpo deshecho, el cabello despeinado. Pero curiosamente se sentía bien. Pasó poco tiempo en el baño, y al salir encontró ánimos suficientes para jugar un poco con el perro y hasta soltar dos o tres bromas ligeras a los que ocupaban la colchoneta y un par de sillones en la sala. Era una mañana común y corriente, sin nada más extraordinario que el mero hecho de vivirla.
No puso mucho cuidado al despedirse porque se preguntaba si aquella mañana era necesariamente extraordinaria en cualquier parte del mundo, para cualquier espectador. Categóricamente concluyó que sí. "Tiene que serlo, es la respuesta más parsimoniosa", se dijo, sin estar del todo seguro que aquéllo tuviera algún sentido.
Con su respuesta en un hombro y la mochila en el otro subió al camión, se fue a casa.
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