September 22, 2013

Había perdido la cuenta varias horas atrás, como desde la vuelta 15, cuando después de que el costado corporal derecho abandonara el sector izquierdo de la cama—vista desde arriba, almohada al norte—para que instantes después, siguiendo la trayectoria rotatoria natural, el brazo izquierdo terminara parcialmente aplastado por la mayoría del pecho y parte del abdomen en el extremo opuesto del colchón, la insistente e involuntaria atención a este tipo de detalles rotativos y la planeación anticipada del escrito ideal para describirlos le condujeron a descubrir que, como sucede durante los insomnios giratorios, no dormiría en toda la noche.
Perdía entonces sentido contar las vueltas en la cama, si acaso alguna vez había tenido alguno, si acaso lo tuviera en caso de no tratarse de una noche de insomnio. Y dado que los posibles beneficios de registrar el patrón de giros se antojaban nulos (aparte de matar (siempre había odiado usar el verbo como no fuera para matar de a deveras) el tiempo (cosa más inmortal no ha conocido el mundo) (¿Y qué posible beneficio habría en matarlo, fuera mortal y se pudiera matar de a deveras?)), mejor dejarlo en >15 y pensar en otra cosa.

Vivir dentro de un cráneo es la cosa más engañosa de la vida, sobre todo cuando (por alguna razón (porque tiene que haber alguna)) uno se la gasta buscando relaciones causales entre quién sabe qué carajos. Y es que cuando se vive en y sólo se ve desde el interior de un cráneo, la barrera entre lo que está dentro y lo que está afuera se vuelve difusa y es prácticamente imposible adivinar su naturaleza. Pero eso no alivia la tentación causal en modo alguno, ni la previene, ni la recomienda. Más bien parece que la maldita manía simplemente ignora aquella frontera metafísica y no tiene problema en asumir que la idea, el recuerdo, el deseo, cosas evidentemente intangibles en tanto que es claro que están adentro, tienen alguna suerte de poder causal sobre mi cuerpo girando—otra vez—en mi cama.
¿Cómo puede ser? ¿Cómo algo que no tiene peso, que es tan leve como algo puede ser, provoca que no pueda dormir esta noche? ¿Cómo algo tan ligero como el humor o la risa consiguen moverme de un lado para el otro una y otra vez sin descanso? ¿Cómo cosas tan chiquitas como los pies o las manos me hacen pensar tanto? ¿Y cómo pensarle me mantiene vivo, o cómo me va matando poco a poco? ¿Cómo, maldición, cómo?
Correlaciones misteriosas quizá se expliquen mejor, aunque haciendo un enredo mucho más complicado, suponiendo que lo físico causa lo físico y lo ligero lo ligero: Tal vez eso de separar mente y cuerpo no sea tan descabellado, después de todo. En tal escenario, uno podría decir que la razón—física—por la que no puedo dormir y me la he pasado girando a una tasa elevada en lo que va de la noche, que es mucho, puede rastrearse hasta una o dos inocentes feromonas incrustadas en mi nariz—lo cual explicaría de paso el cosquilleo tan chistoso—desde algún punto temporal de lejanía desconocida. Bla bla bla, efectos de activación retardados, bla bla bla, voilà: por lo tanto no puedo dormir esta noche. Algo similar puede hacerse respecto a las ideas, recuerdos, deseos, etc, en su dominio ontológico respectivo: Bla bla bla, si una idea causa a otra bla bla bla, si las ideas de alguna manera atraviesan cráneos, como parece que lo hacen, bla bla bla, las latencias de activación de las feromonas y de las ideas y de los recuerdos y de los deseos están correlacionadas (y aquí otra maldita—pero desechable—correlación que explicar), bla bla bla: por lo tanto esta noche, por razones y causas diferentes a las que provocan que no pueda dormir, tengo la cabeza llena de cosas intangibles. Y la ilusión de que son éstas las responsables del insomnio se debe únicamente a la proximidad temporal con la que azarosamente han ocurrido y a esa maldita hada maligna de la causalidad que no respeta planos de existencia en un mundo tan raro y tan ambiguo.




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