August 29, 2013

I'm willing and able
so I throw my cards on your table

Pegaste fuerte, directo a los intestinos, y ni siquiera me di cuenta cómo ni cuándo. Fuerte, como un rayo. Y te quedaste ahí como tatuada sin remedio, como impregnada en cada tripa, en cada gota de sangre que milagrosamente circula por el corazón, pulmones y cabeza todo el día, sin mostrar síntomas de coagulación temprana ni de presión excesiva. Todo el día. Y la tarde, y la noche. Y a esa hora interminable que dura tu sonrisa, tu bella sonrisa, tu hermosa sonrisa, tu perfecta sonrisa; tu sonrisa, tu sonrisa, tu sonrisa.
Y yo tan idiota fui tan idiota que soy un idiota. Una y mil veces me maldigo por ser tan idiota y haber sido tan idiota y por las veces que lo seré, porque es inevitable para mí ser un idiota aunque sepa de sobra que soy un idiota cada vez que lo soy, cada vez que logro borrar tu sonrisa con mis idioteces o, peor, suplantarla con aquella forzada que no es tuya y que es fea, que es como llanto mal disfrazado, como el único látigo que puede lacerarme y que me hace entender lo idiota que soy hasta que ya es demasiado tarde para echarme para atrás y corregir el rumbo de las cosas. ¿Que si me arrepiento de algo, que si cambiaría alguna cosa? No me arrepiento de nada, pero cambiaría todo. Todo, absolutamente todo con tal de verte reír de nuevo sin dolor ni angustia, sin esa punzada, sin esa lágrima que se aprieta fuerte en los párpados de abajo y como en la nariz, que ruega no ser liberada.
Por eso, porque te quiero y porque no hay nadie más especial que tú para mí en este planeta, me voy a suicidar. Y porque fui un idiota, me voy a suicidar sin matarme para que me toque vivir la tortura que merezco de sobra sin interferir con la aparición eventual de tu hermosa sonrisa. Y te veré sonreír pero voltearé a otro lado porque no merezco ver tu sonrisa; sólo te sabré feliz y sabré que eres feliz mientras yo estoy muerto; y entonces seré yo quien aguante la lágrima y compruebe cuán densa es, y cuán ligera puede ser la sangre cuando no viajas en ella; y dejaré de hacer idioteces porque estaré muerto, y tú no tendrás razón para preocuparte ni para reír sin reirte de nuevo; y reirás; y tu sonrisa seguirá siendo hermosa; yo estaré muerto; no habrá nunca nadie más especial que tú para mí en este planeta.

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