April 18, 2013

Suicide Dog

Buenas. Permítame presentarme: me dicen "el perro suicida". No pregunte por qué, nomás sepa que así me dicen. Ya sé, ya sé: es un sobrenombre que se antoja bastante estúpido en ausencia de explicación decente que lo justifique, y es que ni me suicido ni ando suicidando a nadie. Prueba de lo primero soy yo aquí escribiendo, vivito y coleando (lo cual quizá, sólo quizá, sirva para defender eso de "perro"), vivaracho y alegre. De lo segundo no se necesitan pruebas: basta con una comprensión adecuada del término y su significado y listo: ¡uno no puede suicidar a nadie!
"¿Pero por qué?", insistirá usted para sí mismo, respetando la petición inicial de esta carta, "¿por qué le dicen 'el perro suicida', si ni es perro ni se suicida?" Y yo, comprensivo de sus necesidades de conocimiento pero reacio a mostrar síntoma alguno de arrepentimiento, titubeo o flaqueza, le daré una pista distractora pero igualmente jugosa, espero: más importante que por qué, es quién me dice "el perro suicidida"; y todavía más morboso es quién me dijo "el perro suicida" por primera vez. Quién, dentro de su cabeza o en alguna otra parte de su cuerpo, como los intestinos o los huevos, ideó el ingenioso apodo y no tuvo pena en publicarlo rápidamente, en escupirlo, digamos. En ladrarlo acompañado de dos o tres gotas de baba espumosa que salpicaron la cara de dos o tres presentes aquella tarde desde la que se me conoce como "el perro suicida" entre dos o tres personas. ¿Quizá cuatro? Quizá cinco, contándome a mí. Quizá ninguna, después de todo, o quizá sólo aquél y yo. ¿Qué importa, si a fin de cuentas la pregunta relevante sigue irresuelta?
¿Se imagina a un perro suicidándose? ¿Cómo se lo imagina? "Como cualquier otro perro", dirá usted, y, créame, la respuesta será más que apropiada, más que sensata: será una respuesta correcta. Porque al inicio, tal como los humanos suicidas, los perros suicidas no parecen diferentes de los demás perros, pero a diferencia de los humanos suicidas, que son fácilmente identificables cuando ya es demasiado tarde, los perros suicidas se caracterizan por pasar de incógnito por este mundo: ¿cómo saber si ese perro muerto era un perro suicida? El misterio, coincidirá conmigo, reside en la intención. Sobrenombre bastante estúpido, o tal vez sólo 'aventurado', tomando en cuenta que los cráneos de los perros suelen ser mucho más opacos y engañosos que los humanos.
Me dicen "el perro suicida", y no es algo novedoso, tampoco demasiado sorprendente; ni siquiera es difícil de entender, y menos de pronunciar: "el-perro-sui-ci-da", ¿lo ve? Relativamente fácil si lo compara con el esfuerzo necesario para articular digamos emm... "Selbstmörderhund", o alguna de sus variantes. No vayamos más lejos: intente decir "el perro suicida" al revés y sin duda encontrará un reto ligeramente más interesante.
Notará que el sobrenombre, dadas las características que hacen que pese y que han sido medianamente esbozadas en el texto precedente, me tiene condenado a vivir en contradicción constante: no parece ser el caso que, a base de presentarme como "el perro suicida", nada de lo escrito vaya a desescribirse como por arte de magia. Menos que vaya a convertirme en perro, y menos en perro suicida. No, no es el caso, ni será el caso, ni ha sido el caso, ni puede ser el caso. Por el contrario, lo que se asoma más probable es que, a base de presentarme como "el perro suicida", consiga que la gente, perfectamente consciente de la imposibilidad inherente al sobrenombre porque, vamos, es obvia, termine creyendo que en lugar de "perro suicida" soy más bien un idiota que no tiene problema alguno con vivir en contradicción aparente.
Contradicción aparente... contradicción constante... ¿alcanza a ver alguna diferencia? Yo no, pero, caray, ¡debe haber alguna!

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