¡Ay qué laureles tan verdes!
¡Qué rosas tan encendidas!
Si piensas abandonarme
mejor quitarme la vida.
Alza los ojos a verme
si no estás comprometida.
Eres mata de algodón
que vives en el capullo.
¡Ay qué tristeza me da
cuando te llenas de orgullo!
De ver a mi corazón
enredado con el tuyo.
Eres rosa de castilla
que sólo en mayo se ve.
Quisiera hacerte un invite
pero la verdad no sé.
Si tienes quién te lo evite
mejor me separaré.
Por ai' va la despedida
chinito por tus quereres.
¡La perdición de los hombres
son las benditas mujeres!
Y aquí se acaban cantando
los versos de los laureles.
Soy demasiado cobarde como para cantarla como se debe, con un sombrero grande y redondo y un tequila en la mano que se bebe de un trago sin hacer caras chistosas, el pecho alzado y los pantalones ajustados y sujetos por el cinturón de cuero que también sostiene al par de pistolas en los costados. Voz grave y firme en los falsetes, bigote grueso y cerrado, sin barba, y con los ojos clavados en los de la mujer. Soy demasiado cobarde como para cantar frente a una. Siempre lo he sido y parece que lo seguiré siendo.
Pero eso no es ninguna novedad.
Lo que resulta novedoso, lejos del hecho de reconocerlo, es un sentimiento que se asemeja a aceptarlo. "Okey, estaría bien... sería interesante... pero bah, mejor hacer otra cosa." Y heme aquí, haciéndola. Como consecuencia: más fácil y mejor rendirse, abandonar el palenque ahora que la madrugada del día siguiente se asoma y ya no queda mucho dinero en los bolsillos. "Estas cosas quizá no son para mí, después de todo..."
Después de todo tal vez no sea tan malo. Después de todo no podría ser peor, porque esto era lo peor aunque me cueste aceptarlo; porque lo tibio, a menos que se hable del agua en la ducha o de ciertos tipos de cafés muy específicos, siempre me ha parecido repugnante y nauseabundo y tolerarlo me resulta verdaderamente complicado. No por nada dejé de escuchar a aquella magnífica banda española del violín y la gaita en el preciso momento en el que se les ocurrió criticar a las opiniones discretas y rematar comparando la continuidad de las variables de la vida con una escala de grises un par de versos más tarde*; no es que discrepara, sino que el rítmico argumento me pareció tan contundente que fue preferible darle la espalda para no tener que enfrentarlo. Y así con tantas cosas, tantas veces.
Esto era lo peor y siempre lo fue, y como pruebas tuve el aburrimiento y hastío que se volvieron característicos de los días soleados. Y esa maldita canción dando vueltas en mi cabeza todo el tiempo no hacía más que echármelo en cara. Y mi cara, llena de timidez y silencio, debió parecerte tan patética como graciosa como estúpida como transparente, y es que no era necesario ser ningún genio para adivinar lo que había detrás. Y lo que había detrás pasó de ser encanto a desconcierto, y de desconcierto a desesperación, y de desesperación a impotencia y a tortura a medida que el tiempo pasaba y la certeza de que las cosas habían alcanzado una especie de equilibrio inquebrantable poco a poco se volvía ineludible. Y el colmo era que ese equilibrio no se parecía en nada a ninguno de los extremos que hubieran vuelto todo más claro y comprensible, sino que permanecía a la mitad, volviendo al futuro borroso y terriblemente incierto. Insoportablemente incierto. Inevitablemente incierto. ¿Qué más quedaba por hacer, aparte de sonreír como idiota y pretender que todo estaba fenómeno?
Quedaba hacer algo, lo sé. Alguna otra cosa que no fuera esperar. Había alternativas a esa sonrisa del mejor e incondicional amigo permanentemente enamorado, y como ejemplos estaban el beso robado, la carta cursi o hasta el asalto por messenger, en el más vergonzoso de los casos. Incluso la serenata desafinada no hubiera sido mala idea.
Nunca me decidí por ninguna; soy un cobarde, en especial a la hora de cantar.
*No recordaba siquiera que existían. ¿Hace cuántos años fue aquello? Quién hubiera dicho que el asunto duraría tanto. Quizá debería intentar hacer las paces con ellos, porque después de todo son una maldita sea buena banda.
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