y aunque intentamos solucionarlo y llevarlo de manera civilizada, no podrás negar que algo quedó entre nosotros. Un remanente no demasiado ponzoñoso pero presente que logramos disimular sentándonos separados y sin hacer mención al otro, y que resulta prácticamente imperceptible para la mayoría del público pues incluso cuando esos incómodos ejercicios nos han obligado a entablar conversación ambos nos hemos esforzado por pasar el trago amargo sin poner mala cara y hasta aceptándolo con algo de humor, como cuando de niño grande uno se gasta sonriendo ante las vacunas o agradeciendo el plato de brócoli hervido.
Pero sabemos que no somos amigos, tenemos claro que mutuamente nos caemos mal, hay rivalidad entre nosotros, rivalidad malintencionada. Y tan claro es para ambos que estoy seguro que tú sentiste la misma patada en los huevos cuando nos enteramos, gracias a uno de esos jueguitos del diablo (porque es el diablo mismo), que uno cumple años un día después que el otro; que el otro cumple años un día antes que uno. Ahora ni siquiera la edad resulta útil para decidir al ganador definitivo, al mejor, al peor, al más, al menos... bromas crueles: ¿podremos volver a celebrar nuestros aniversarios sin que el otro pase, aunque sea durante un instante fugaz, por la cabeza del cumpleañero?
Pero estoy seguro que conocemos a más de uno cuyo cumpleaños se acerca tanto o más como los nuestros; no importa: sólo el tuyo y el mío serán recordados, así como tantos otros detalles que nos hacen conocernos mejor de lo que nos conocen y de lo que conoceremos a nuestros más cercanos camaradas. Es la naturaleza de los enemigos. Y no me refiero a esos datos memorísticos que uno puede aprender con facilidad sobre otras personas: fechas, lugares, nombre de la mascota, color favorito, etcétera. Me refiero al canal de comunicación único que nace entre dos almas opuestas, esa intuición capaz de observar los detalles más delicados, de prever el próximo movimiento; la capacidad de adivinar lo que el otro siente y piensa, y la precisión de las teorías sobre el némesis que en conjunto dichos datos sugieren. Así te veo, y así me ves, y lo sabemos.
Sé que sabes, por ejemplo, que yo soy el único del salón que se ha dado cuenta de la condición en la que te encuentras. Quizá se lo has comentado a ese cercano tuyo, y tal vez hasta aquella muchacha lo sepa, pero si lo saben es porque así lo has decidido y porque voluntariamente confesaste tu desdicha (porque, por si aún no lo entiendes, la tuya es una situación sumamente desafortunada). Lo dudo, porque no parecen demasiado interesados ni en apoyarte ni en burlarse de ti. Pero incluso si lo supieran, el punto es que ellos no llegaron a la conclusión por sus medios, mientras que a mí sólo me fue necesario despegar la vista del libro en un par de ocasiones y escuchar tu voz temblorosa intentando articular una defensa más o menos inteligible de tu dignidad para comprender que has sido seducido por Satanás.
Desde entonces cada observación (y quizá esto sea lo único que me hace dudar a veces) no ha hecho sino confirmar, una y otra vez, siempre con mayor claridad y sentido, que cada que la situación lo amerita te esmeras por encontrar un punto de equilibrio inexistente entre la confusión, el desamparo y el vacío en el estómago que sientes cuando al mismo tiempo, y haciendo gala de coordinación asombrosa, miras de cara al demonio y te vuelves ligero y pesado, y la cabeza te da vueltas varios miles de veces en el segundo en que tus labios y lengua torpes apenas consiguen ligar un par de palabras que, aunque así no lo quisieras (y he aquí la hebra desde la cual puedes rastrear el origen de tu desgracia), nunca son las necesarias. Si en esos momentos cruciales voltearas a verme encontrarías a mis ojos diciéndote que ni lo son ni lo serán porque tales no existen, que sería mejor no gastarte en eso y en cambio pensar en la manera idónea de joderme, pues así tus esfuerzos tendrían algún sentido y al menos servirían para lo que quieres que sirvan.
Pero no volteas, porque no puedes voltear. Porque cuando miras y te vuelves ligero y pesado el mundo alrededor desaparece y sólo piensas en venderle tu alma. Lo único que obtienes por respuesta es una mirada gélida que para los demás pasa inadvertida pero que yo entiendo desde la óptica del enemigo que no puede resistir el coraje de ver al opuesto derrotado por alguien más, y entonces comprendo que estás condenado a pactar contigo mismo y a ahogarte en tu propia baba, porque por muy despiadado y cruel que el demonio se antoje a primera vista, no parece muy interesado en andar recolectando almas perdidas como la tuya, y tan pronto como el compromiso acabe saldrá de nuestras vidas sin recordarnos nunca más.
¿Pero tú? ¿Qué harás? En realidad sería interesante verte tomar acción y rumbo definitivos de una vez por todas para contemplar morbosamente o tu estrepitosa caída de bruces o el paulatino aislamiento y la tensión creciente en el grupo. Pero no creo que te decidas, sobre todo porque siento que también tú entiendes que tal es causa perdida. Apuesto a que las cosas se mantendrán tal cual hasta el final del semestre y después, al paso de unas cuantas semanas, te darás cuenta de lo infeliz que fuiste al tiempo que su ausencia comienza a aliviar la herida. Con algo de suerte su recuerdo tendrá efectos anestésicos lo suficientemente prolongados como para permitirte olvidarla antes de empezar a sentir dolor, o éste será tan fuerte que terminarás matándote cuando mientras las memorias todavía permanezcan frescas y te permitan una muerte feliz, o al menos heroica. Cualquiera que sea el desenlace, se antoja distante. Por ahora lo único seguro es que estás vivo, que eres mi enemigo, y que te enamoraste de la maestra.
No comments:
Post a Comment